¿Y si Verdi hubiera resucitado en Honolulu?

La ópera es el arte más inverosímil entre las artes mayores. Los personajes cantan en lugar de hablar, por ejemplo. Y, por ejemplo, alcanza a hacerse verosímil que un barítono oriundo de Honolulu interprete a 'Rigoletto' en el Berlín de la República de Weimar. Nada que ver con la Mantua renacentista que concibió Verdi. O que fue constreñido a concebir, toda vez que la censura austriaca desautorizó la adaptación literal del “Rey se divierte”, pieza teatral de Víctor Hugo que denunciaba el libertinaje de Francisco I de Francia. ¿Queda clara la maraña y queda claro el misterio operístico?

Honolulu, decíamos. Capital de Hawái. Y lugar de nacimiento de Quinn Kelsey en 1978. No puede decirse que se dieran las condiciones convencionales para alumbrar a un barítono de cromatismo mediterráneo, pero los clamores que le ha dispensado el público del Metropolitan estos días enfatizan el prodigio de un cantante sensible, carismático, corpulento y particularmente idóneo al repertorio de Verdi. Su 'Rigoletto' fue imponente en los medios vocales, impecable en el fraseo. Como si hubiera nacido en Parma. Y como si hubiera encontrado la llave de acceso al misterio del claroscuro verdiano, el dolor, la conmoción, los temblores.

Los clamores del público del Metropolitan enfatizan el prodigio de un cantante sensible, carismático e idóneo al repertorio de Verdi

Tiene razones Kelsey para agradecer a Plácido Domingo el trampolín que supuso la participación en el Concurso Operalia. Es Domingo quien lo patrocina desde 1993. Y quien lo ha convertido en la pista de despegue de tantísimas primeras figuras de la ópera. Incluidas Joyce DiDonato, José Cura, Lisette Oropesa, Ludovic Tezier, Rolando Villazón y Nina Stemme… Kelsey compitió en la edición de 2004. Y alcanzó el rango de finalista, de tal manera que los ojeadores tomaron conciencia de un barítono “antisistema” que había estudiado en la Universidad de Hawái y que había accedido a papeles menores en Chicago gracias a la mediación de las becas de estudios. Su debut neoyorquino sobrevino con el papel secundario de Schaunard en 'La bohème' (2008), tres años antes de haber logrado que le dieran el personaje gregario de Monterone en la premonitoria 'Rigoletto'.

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La paciencia y el perfeccionismo han recompensado la trayectoria de Kelsey. También lo han hecho la lealtad y la coherencia de su repertorio. Muy pocos papeles. Casi todos verdianos ('La traviata', 'El trovador', 'Aida'). Y ninguno tan deslumbrante como el 'Rigoletto' que le hemos escuchado en el Met.

El templo de los grandes barítonos estadounidenses —de Leonard Warren a Thomas Hampson— ha consagrado la idoneidad y la personalidad de un cantante cálido y penetrante cuyos orígenes exóticos se han convertido en una milagrosa anécdota. Quizá Verdi se reencarnó en Honolulu.

Distorsiones

Tanto vale la distorsión territorial para valorar la distorsión espacio-temporal que supone trasladar a la República de Weimar la trama de 'Rigoletto'. Funciona bien la idea de Bartlett Sher, sobre todo por el contraste estético que implica la residencia suntuosa del duque de Mantua —'art decó' deslumbrante, mobiliario exquisito, promiscuidad de entreguerras— respecto al siniestro y oscuro mundo donde transcurre la clandestinidad del bufón.

Trasladar a la República de Weimar la trama de 'Rigoletto' funciona bien, sobre todo por el contraste estético

Es Kelsey la referencia nuclear del montaje, pero el reparto que ha dispuesto la dirección del Met en estas fechas tan complicadas —control de vacunación en la entrada, mascarillas obligatorias—se antoja extraordinario. La delicadeza de Rosa Feola es tan atractiva como la plenitud vocal en que se encuentra Piotr Beczala, no ya número uno del escalafón tenoril, sino figura ejemplar respecto al mérito que supone mantener en el repertorio el personaje del duque de Mantua, tan exigente en el registro agudo como contraindicado para quien ya ha despuntado en tantos papeles dramáticos.

Beczala expone una línea de canto refinada, exquisita. Y respira a su antojo en el hábitat musical que conciben las 'manos' del joven maestro Daniele Rustioni (Milán, 1983). Cantaba de niño en el coro de la Scala. Y debió adquirir entonces, acaso por ósmosis, el código encriptado que permite encontrar el espíritu de Verdi desde la sensibilidad, la delicadeza cromática, la corpulencia teatral y el 'pathos' emocional del foso. Los clamores recompensaron la lectura de Rustioni. Y fueron el exorcismo colectivo para sobreponernos al viaje a la oscuridad donde nos lleva el bufón jorobado.

Fuente: El Confidencial