‘Tenéis que venir a verla’: ¿cómo dejar Madrid por la sierra si te gustan hasta sus bolardos?

Dice el personaje de Vito Sanz en 'Tenéis que venir a verla', la última película de Jonás Trueba, que está tan enamorado de Madrid que de ella le gustan hasta los bolardos, hasta los cubos de basura, como el amante que idealiza incluso la halitosis de su amada. El síndrome de Estocolmo debería rebautizarse con el nombre de la capital de España por esa fascinación centrípeta que ejerce sobre sus habitantes a pesar del incómodo desprecio que, muchas veces, sufren por parte de su ciudad.

Jonás Trueba es el gran cronista contemporáneo de Madrid y de los madrileños. Especialmente de la generación 'milénica', esa que en 2013 vagaba con ilusión, enilismo y nocturnidad por las calles de Lavapiés en 'Los ilusos' y que, casi 10 años después, se plantea mudarse al extrarradio —e incluso a 'la sierra'— para formar una familia en un entorno de más de 30 metros cuadrados alejados del adoquinado y del aroma a pis —siempre he aborrecido la palabra 'orín', por su cursilería— y a vino regurgitado de las mañanas sabatinas en el centro de Madrid.

Tráiler de 'Tenéis que venir a verla'

Los personajes de Trueba caminan en paralelo a su director, acompañándole en las diferentes etapas de la vida, divagando —en su acepción positiva— sobre las disquisiciones que se otean fácilmente en la cabeza del autor. Trueba tiene la extraña capacidad de unificar lo concreto y lo abstracto, lo implícito y lo manifiesto, siempre dentro de la sutileza. Es intelectual y a veces roza levemente el didacticismo, pero equilibra esa ilustración explícita con una comedia naturalista con la que cualquiera puede sentirse identificado. ¿Quién no se ha frustrado con la frecuencia, la incomprensibilidad de los mapas y las esperas eternas en los transbordos de la red de Cercanías?

Como el tráiler de la película expone con plena sinceridad, 'Tenéis que venir a verla' es una película sencilla que no simple—, directa, una película con sus partes de comedia y sus partes de drama, protagonizada por dos parejas que se enfrentan a sus momentos vitales de diferentes formas que se descubren a lo largo de una comida de sábado o de domingo en la casa de una de ellas, que se acaba de mudar a un pueblo a unos cuarenta minutos de viaje de Madrid. "Tenéis que venir a verla", le dice una a la otra, que es lo que se dice cuando uno se marcha más allá de la almendra central. Cuando uno se mantiene dentro de ella, la visita se da por hecho, surge, no hay necesidad de súplica latente en esas palabras. "Claro, claro", contesta la otra, esperando no tener que apechugar con la falsa promesa.

Vito Sanz e Irene Escolar pasean por un pueblo de la sierra madrileña. (Atalante) Vito Sanz e Irene Escolar pasean por un pueblo de la sierra madrileña. (Atalante)

Trueba vuelve a trabajar con sus colaboradores habituales Vito Sanz, Francesco Carril e Itsaso Arana, e incorpora también a Irene Escolar para poner cuerpo y emoción a estas dos parejas que, rebasados los treinta, empieza a abandonar la despreocupación de la juventud para diseñar un plan vital compartido y a largo plazo. Cuatro visiones del mundo que chocan, se complementan, permean durante pequeños momentos de cotidianidad, desde una partida de pimpón hasta el camino de vuelta en una noche de copas. Y también del arte, de nuestra forma de relacionarnos con él, de su influencia en nosotros como individuos y en nosotros como sociedad, de las fronteras de lo real y lo irreal, reflexiones que pueden encapsularse en la manera de escuchar un concierto de jazz de Chano Domínguez o en la intimidad al orinar en cuclillas en medio del campo. En esas miradas, en ese tocarse el vientre, pellizcarse el cuello, en esas miradas de soslayo son capaces de resumir las aristas de todo un noviazgo.

'Tenéis que venir a verla' es una comedia urbanita que se ríe de los urbanitas, que los compadece, que los comprende. Todo fluye como una buena improvisación sostenida sobre un guion de una profundidad de aparente ligereza. Se apoya en unas interpretaciones llenas de matices y de verdad, pero también en una apuesta narrativa empecinada en registrar la magia de lo cotidiano, sin extraerlo a golpes, sino dejando la cámara quieta para que se manifieste, como el circuito cerrado de televisión que capta un unicornio pastando. Pero, claro, sabiendo muy bien dónde enfocar.

Itsaso Arana está leyendo 'Has de cambiar tu vida', de Peter Sloterdijk. (Atalante) Itsaso Arana está leyendo 'Has de cambiar tu vida', de Peter Sloterdijk. (Atalante)

Después de las casi cuatro horas de duración de 'Quién lo impide', el documental por el que ganó el Goya el año pasado, Jonás Trueba se ha resarcido con una comedia dramática de poco más de una hora de duración que juega con el lenguaje, pero que recuerda los tomas y dacas interpretativos de algunas películas de Woody Allen, pero también a la falta de accesorios de Rohmer. Cada decisión responde, además, a un por qué. Las películas de Trueba son ensayos disfrazados de novela de ficción. Es en los pequeños detalles en los que Trueba define no solo a los personajes, sino a todos a los que nos representan. Y sobre todo, que en su cine hay una empatía profunda por entendernos, por entenderse.

Y también es verdad que su cine exige un compromiso, aceptar que nos lleve de la mano por un mundo que para muchos puede parecer, en un ejercicio de prejuicio, más cerrado de lo que en realidad es. Como él defiende en las entrevistas, concibe su cine como un acto de resistencia a la narrativa, los métodos y los procesos del cine más industrial. Como artesano, pretende plantarse frente a la homogeneización tanto formal como de fondo del cine hegemónico y construir poco a poco y pasito a pasito una cerrera hecha con el mimo y la atención al detalle de un orfebre, a pesar de que cuente muchas veces con los medios de un ebanista. Pero, precisamente, en la calidad en bruto de los materiales está el encanto.

Tenéis que venir a verla.

Fuente: El Confidencial