Fingal’s Cave o la ‘Cueva de la Melodía’: la catedral marina de Escocia donde las olas cantan

Pink Floyd hablaba de ella en una de sus primeras canciones inéditas o, más bien, el grupo prefirió que solo una mezcla de sonidos y gritos la interpretasen. No hay letra, no hay palabras, solo unos siete minutos de perturbaciones. Lo titularon 'Fingal's Cave', una inspiración casi psicodélica.

Cuenta la leyenda que de las aguas que separan Escocia de Irlanda se alzaba un inmenso puente construido por el gigante irlandés Fionn mac Cumhaill (o Finn McCool), para poder llegar a la otra orilla y luchar contra el escocés Benandonner, su gigante rival. Entre realidad y fantasía, la naturaleza sostiene aquella narrativa paisajística del ver (y escuchar) para creer, porque con o sin gigantes, lo cierto es que ambos países comparten lo que podría ser perfectamente los restos de esta historia.

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Estamos en la isla deshabitada de Staffa, en las Hébridas Interiores de Escocia. Conocida por el pueblo celta como "Uamh-Binn" o "La Cueva de la Melodía" este lugar posee una historia y una geología como casi ninguna otra cueva del mundo. Solo su hermana irlandesa, conocida como la Calzada del Gigante, se le asemeja.

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Una notable acústica natural

Con 22 metros de altura y 82 metros de profundidad, lo que hace que esta cueva marina sea tan visualmente asombrosa son las columnas hexagonales de basalto que la conforman, atravesando el interior de un enorme acantilado. Las columnas están formadas en pilares de seis lados que hacen de paredes interiores.

En el interior, una pasarela tosca justo por encima del nivel del agua culmina con un techo arqueado que otorga al espacio una notable acústica natural. Aquí el eco de las profundidades del océano se asoman armoniosamente con el sonido de las olas hinchándose dentro de ella.

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La leyenda que conecta las dos estructuras es, en efecto, geológicamente correcta: tanto la Calzada del Gigante como la Cueva de Fingal fueron creadas por el mismo flujo de lava, que en algún momento pudo haber formado una especie de puente entre ambas tierras. Prueba de ello son sus idénticas columnas de basalto.

La inspiración infinita

No obstante, no fueron los miembros de Pink Floyd los encargados de darle ese curioso nombre a este recóndito hueco bajo el suelo donde retumba la marea atlántica. "Cueva de Fingal", que significa "forastero blanco" viene de antes, concretamente del siglo XVIII.

Era 1772 cuando el naturalista Joseph Banks se topó con ella. En el momento de su descubrimiento, Fingal, un antiguo poema épico en seis libros, era una serie poética muy popular, supuestamente traducida de una antigua epopeya gaélica por un poeta escocés del mismo tiempo. Aquel lugar parecía aún más épico que la poesía.

No obstante, sería el compositor alemán romántico Felix Mendelssohn quien realmente popularizó la cueva como destino turístico un siglo después. Mendelssohn quedó tan conmovido por el esplendor de la vida dentro del acantilado que escribió en una postal a su hermana, reconociendo que ya tenía en mente una nueva composición gracias a aquellos sonidos: "Para hacerle comprender cuán extraordinariamente me afectaron las Hébridas, le envío lo siguiente, que me vino a la cabeza allí mismo". La Obertura de las Hébridas, también conocida como Fingal's Cave, se estrenó el 14 de mayo de 1832 en Londres.

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Tan alta como una catedral

Desde ese momento se convirtió en un escenario en sí mismo. Los poetas William Wordsworth, John Keats y Lord Tennyson se maravillaron con ella, pero también la reina Victoria. Julio Verne, de hecho, la incluyó en su libro 'Le Rayon Vert' ('El rayo verde'), y en las novelas 'Viaje al centro de la tierra' y 'La isla misteriosa'.

Tampoco quedó ahí la cosa: el guitarrista y compositor austrohúngaro del siglo XIX Johann Kaspar Mertz incluyó una pieza titulada 'Fingals-Höhle' en su conjunto de piezas para guitarra 'Bardenklänge', mientras que el novelista escocés Walter Scott la describió como "uno de los lugares más extraordinarios que jamás he contemplado. Superó, en mi mente, todas las descripciones que había oído de él".

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Tan alta como una catedral, con su repique particular como tañidos se hace eterna sobre el fondo marino. Nada más y nada menos que 60 millones de años resulta ahora un símbolo de las distintas formas en que se proclama el lenguaje de la naturaleza y el diálogo que cada civilización ha establecido con ella.

Fuente: El Confidencial